Gerardo Fernández Noroña lleva años gritándole al país que la riqueza es pecado y que la austeridad es la única forma de redención. En cada discurso parece estar predicando un evangelio revolucionario donde los pobres son santos y los ricos, demonios. Su vozarrón retumba en la tribuna como si estuviera exorcizando a la burguesía, aunque en la práctica sea más bien un coleccionista de escrituras. Sí, el defensor del pueblo tiene más llaves que un cerrajero.

El contraste es tan grotesco que raya en tragicomedia. Mientras en público habla de la dignidad de vivir con lo mínimo, en privado calcula cuántos metros de construcción le faltan para que el terreno quede “nivelado”. A los demás les exige comer frijoles de la olla, pero en su mesa los frijoles llegan acompañados de varias propiedades. Y si alguien lo cuestiona, responde con insultos, como si la furia sustituyera la coherencia.

La narrativa heroica se derrumba al primer inventario. No hablamos de la casita de interés social con crédito Infonavit, sino de casas que no caben en un tríptico de campaña. La contradicción es tan clara que hasta Marx, desde la tumba, debe estar dándose de topes. El revolucionario de micrófono resultó un capitalista de ventanilla, el Che Guevara de la notaría.

Lo peor no es que tenga propiedades —al final, cualquiera puede aspirar a un techo digno—, sino que su moral política tiene la consistencia de un flan. El hombre que acusa a otros de robarse el país es el mismo que va llenando su cartera inmobiliaria como si fuera álbum Panini. Su grito de justicia social suena fuerte, pero pierde credibilidad cuando se descubre que su verdadero compromiso no es con el pueblo, sino con los metros cuadrados.

En realidad, Noroña es la mejor metáfora de lo que pasa cuando el discurso populista se toma demasiado en serio: un personaje que pretende ser mártir de la austeridad, pero que en la práctica parece estar audicionando para “Mi pobre angelito 3”, rodeado de casas por todos lados. Su rebeldía de café internet es útil para encender multitudes, pero incómoda cuando se le pide congruencia.

Y por eso inaugura esta galería. Porque si “Los Impresentables de Claudia” busca retratar la hipocresía con nombre y apellido, Noroña es la foto de portada: el político que se indigna contra el lujo mientras acumula escrituras, el socialista de dientes para afuera, el austero con portafolio de bienes raíces. Que no se queje: al final, si lo retratamos como lo que es, lo único que estamos haciendo es serle fieles a su legado… el de un predicador que confunde la austeridad con un buen negocio inmobiliario.

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