¿Es posible la soberanía tecnológica?
La influencia de los soberanos digitales y el nuevo desafío para la soberanía de las naciones.
Durante siglos, la soberanía fue entendida como la capacidad exclusiva de un Estado para ejercer autoridad sobre un territorio, una población y un orden jurídico determinado. Desde la Paz de Westfalia de 1648 hasta la consolidación del Estado moderno, la política internacional se estructuró sobre una premisa aparentemente inalterable: los gobiernos eran los únicos actores capaces de monopolizar las decisiones fundamentales relacionadas con la seguridad, las comunicaciones, la moneda, la infraestructura y el ejercicio del poder, sin embargo este mecánismo comienza a mostrar signos de agotamiento.
Sin modificar fronteras ni declarar guerras, un reducido grupo de empresas tecnológicas ha adquirido capacidades que hace apenas unas décadas eran consideradas atributos exclusivos de los Estados. Administran la infraestructura sobre la que circula buena parte de la información mundial; desarrollan los sistemas de inteligencia artificial que transformarán la productividad, la educación, la defensa y la administración pública; controlan plataformas de comunicación utilizadas diariamente por miles de millones de personas; diseñan los semiconductores que sostienen la economía digital y despliegan redes satelitales con cobertura global.
No se trata únicamente de compañías exitosas. Se trata de actores privados cuya influencia comienza a modificar la forma en que los gobiernos ejercen su propia soberanía.
Esta es la primera entrega de Política y Poder Techbro, una serie dedicada a analizar cómo la concentración del poder tecnológico está redefiniendo las relaciones entre el Estado, el mercado y la geopolítica.
La pregunta que guía este análisis es tan sencilla como incómoda:
¿Es posible la soberanía tecnológica en el siglo XXI?
Del territorio al algoritmo
Durante gran parte de la historia, la fortaleza de un Estado podía medirse por el tamaño de su territorio, la capacidad de sus Fuerzas Armadas o el control de sus recursos naturales. Hoy esas variables ya no son suficientes.
La economía mundial depende de centros de datos distribuidos por todo el planeta. Las cadenas de suministro descansan sobre plataformas digitales. Las comunicaciones gubernamentales viajan por infraestructuras privadas. La innovación científica requiere capacidades computacionales extraordinarias. Incluso la defensa nacional incorpora sistemas de inteligencia artificial, análisis masivo de datos y conectividad satelital.
Estamos viviendo una transición en la cual la soberanía ya no se ejerce únicamente sobre un espacio físico; también depende del control de infraestructuras digitales, algoritmos, capacidad de cómputo y conocimiento tecnológico.
Esta transformación obliga a replantear una pregunta clásica de la ciencia política: ¿qué significa realmente ser un Estado soberano cuando una parte creciente de sus capacidades estratégicas depende de actores privados con alcance global?
Los soberanos digitales
En esta serie utilizaremos el término soberanos digitales para referirnos a un fenómeno relativamente reciente: corporaciones tecnológicas que concentran capacidades estratégicas anteriormente asociadas al poder estatal.
No se trata únicamente de riqueza o simple capitalización bursátil, se trata de influencia proveniente del control simultáneo de activos que hoy resultan esenciales para el funcionamiento de la economía contemporánea.
Algunas desarrollan la inteligencia artificial más avanzada del planeta, controlan plataformas de comunicación utilizadas diariamente por miles de millones de personas o fabrican los procesadores indispensables para entrenar modelos de inteligencia artificial, mientras otras más operan servicios de computación en la nube sobre los que descansan gobiernos, universidades, hospitales y empresas.
También existen compañías capaces de desplegar constelaciones satelitales con cobertura global o participar directamente en contratos estratégicos de defensa.
Cada una controla una pieza distinta de una infraestructura tecnológica que ya no puede considerarse un sector económico más. Constituye, cada vez con mayor claridad, una infraestructura crítica para el ejercicio del poder.
El fenómeno Techbro
El término Techbro suele emplearse para describir una cultura empresarial nacida en Silicon Valley que suele representar a una élite tecnológica global cuya influencia trasciende el ámbito empresarial y comienza a proyectarse sobre la política internacional.
No es casualidad que los líderes de las principales empresas tecnológicas participen cada vez con mayor frecuencia en reuniones de alto nivel con jefes de Estado, influyan en el diseño de políticas públicas, intervengan en debates regulatorios o sean considerados actores estratégicos en temas relacionados con defensa, inteligencia artificial y seguridad nacional.
Su capacidad de negociación ya no deriva únicamente del tamaño de sus empresas, proviene de que numerosos gobiernos necesitan la tecnología que ellos desarrollan.
¿Quién depende de quién?
Durante décadas, las empresas dependían de los Estados para operar, era necesario establecer un acercamiento a través de complejos mecánismos de participación a través de cámaras y representantes, y aún con esto hoy la relación es mucho más compleja.
Los gobiernos requieren infraestructura para digitalizar sus servicios, semiconductores para modernizar la industria, inteligencia artificial para mejorar productividad, salud y seguridad. Además cada vez más se depende de satelitales para garantizar conectividad en regiones aisladas y utilizan plataformas muchas veces privadas para comunicarse con sus propios ciudadanos.
Esta interdependencia no implica necesariamente una pérdida automática de soberanía, pero sí modifica el equilibrio tradicional entre poder público y poder privado.
Cuando una infraestructura estratégica pertenece a un actor privado extranjero, el margen de decisión del Estado puede reducirse en momentos de crisis, conflicto o presión geopolítica.
La carrera por la soberanía tecnológica
Las principales potencias parecen haber comprendido esta transformación. Mientras en los Estados Unidos se impulsan programas para fortalecer su industria de semiconductores, en China se desarrolla un ecosistema tecnológico cada vez más autónomo y se invierte en inteligencia artificial, computación cuántica y plataformas nacionales.
Por otro lado, la Unión Europea busca construir un marco regulatorio que limite posiciones dominantes y promueva capacidades propias, mientras que la India apuesta por infraestructura digital pública y una creciente industria tecnológica nacional.
En todos los casos aparece una misma preocupación: reducir dependencias estratégicas.
No se trata de aislarse del mundo. Se trata de evitar que decisiones esenciales para el funcionamiento del Estado dependan exclusivamente de capacidades desarrolladas fuera de sus fronteras.
¿Y México?
La discusión apenas comienza.
México participa activamente en cadenas globales de manufactura tecnológica y posee ventajas competitivas derivadas del nearshoring. Sin embargo, la conversación pública continúa concentrándose en la atracción de inversiones, mientras se debate mucho menos sobre el desarrollo de capacidades nacionales en inteligencia artificial, semiconductores, infraestructura digital, ciberseguridad, computación de alto desempeño o gestión estratégica de datos.
La soberanía tecnológica no significa producir absolutamente todo dentro del país. En una economía global eso sería poco realista. Significa identificar aquellas capacidades cuya dependencia excesiva puede limitar el margen de decisión del Estado y construir políticas públicas que reduzcan esa vulnerabilidad mediante inversión, innovación, educación, investigación, alianzas estratégicas y diversificación tecnológica.
Entonces surge un planteamiento que debería estar siendo atendido y visto desde las recientes Agencias de Innovación Digital, tanto a nivel federal como en instancias locales, pues recordemos que a lo largo de estos años está ha sido una figura que cada vez se muestra más dentro de las gestiones gubernamentales: ¿Qué capacidades tecnológicas son necesarias conservar la soberanía en momentos de toma de decisiones dentro de veinte o treinta años.
Una nueva disputa por el poder
Durante buena parte del siglo XX, las discusiones sobre soberanía giraban alrededor del territorio, los recursos naturales y la capacidad militar.
Ya en el siglo XXI, la inteligencia artificial, los datos, los semiconductores, la computación en la nube, las redes satelitales y la infraestructura digital se han convertido en activos estratégicos cuya concentración redefine el ejercicio del poder.
Los Estados continúan siendo los principales actores del sistema internacional, pero ya no son los únicos capaces de influir sobre decisiones con impacto global y esto lo hemos visto de manera cada vez más frecuente cuando se reúnen en eventos o ceremonias aparentemente fuera de contexto los Soberanos Digitales, ejemplo de esto fue la Met Gala de Amazon.
Comprender esa transformación será una de las tareas centrales de la política en las próximas décadas y quizá también una de las más decisivas en la medida que nos cuestionemos quién controla las capacidades tecnológicas de las que dependerá el gobierno.
En esa respuesta podría encontrarse una de las claves del poder en el siglo XXI.