En la nueva camada de jueces que salieron de la tómbola de la “Elección Judicial del Pueblo Bueno”, uno brilla con luz propia: Carlos Zetina Cornejo, mejor conocido en redes sociales (y ya en memes) como el “Juez del Bienestar”. Un título que no sabemos si se lo puso él mismo, se lo regalaron en alguna mañanera, o lo heredó de alguna beca del pasado.

Zetina debutó en el estrado como quien llega a una fiesta sin saber si era de disfraces: confundido, nervioso y gritando para imponer respeto. Su primera audiencia fue tan accidentada que uno esperaría que terminara en un amparo… o en un sketch. No sabía el nombre de las partes, confundió los términos, y cuando lo corrigieron, optó por la salida institucional: amenazar por redes a sus críticos con frases como “vas a rogar por tu libertad, mugroso”. Nivel de madurez judicial: Facebook en 2009.

¿Estamos ante el juez del futuro? Tal vez. Lo cierto es que Carlos Zetina llegó al poder judicial no por oposición ni por méritos, sino por ese experimento sociopolítico llamado “justicia popular”, que en vez de acercar al pueblo a los tribunales, los convierte en salas de reality show. Zetina no imparte justicia: la tuitea, la graba, y si te atreves a criticarla, te bloquea.

Lo que más preocupa no es que el juez se equivoque, sino que se sienta influencer con toga. Las instituciones tiemblan no por sus resoluciones, sino por sus posteos. Y si esto es lo nuevo, lo ciudadano, lo transformador… más vale que aprendamos a litigar en TikTok.

Mientras tanto, Zetina sigue ahí, firme, posando con su toga recién planchada y un celular en la mano, listo para castigar con retuits lo que no puede con jurisprudencia. Porque en la nueva justicia mexicana, lo importante no es saber de derecho, sino saber viralizarlo.

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